domingo, 23 de octubre de 2011

Encuentro para pensar el psicoanálisis: Inconsciente y campo social


Sábado 29 de Octubre
10:30 hs
En el Centro Cultural “Mariano Ferreyra” Facultad de Psicología - Sede Bulnes
(Bulnes 295, 3º piso)



¿Qué es la sociedad? La sociedad no existe. Lo que existe son los individuos, hombres
y mujeres, y las familias, y el gobierno trabaja con ellos, y ellos se ocupan más que nada de sí mismos.
Margaret Thatcher

«¿Cuántos psicoanalistas se incomodarían realmente si se nos ocurriera reemplazar, en la cita de Margaret Thatcher de nuestro epígrafe, la palabra gobierno por psicoanálisis?»

El colectivo de trabajo de la Revista Transversales invita y convoca a las/los compañeras/os interesadas/os en debatir la relación entre el inconsciente y el campo social en psicoanálisis a partir de la lectura del texto «El psicoanálisis, siniestrado», publicado en el primer número de la revista, que se puede acceder con este link.

¡Las/los esperamos!

lunes, 29 de agosto de 2011

Presentación del número inaugural


¡Invitamos a la presentación de nuestro primer número! En el Auditorio de la Facultad de Psicología (sede Independencia, al lado del Centro Cultural).


martes, 23 de agosto de 2011

Dónde conseguir la revista...

¡Conseguí el primer número de Revista Transversales! En cualquiera de estos lugares: la librería de la sede Yrigoyen de la Facultad de Psicología y el bar de la misma sede (Av. Hipólito Yrigoyen 3242); en LA PUERTA Centro de Salud, Arte y Pensamiento (Sánchez de Bustamante 549); en la librería Eterna Cadencia (Honduras 5574); en la mesa que está en el hall del primer piso, a lado de la escalera central en la Facultad de Filosofía y Letras (Puán 480). Por cualquier duda, mandanos un mail a revistatransversales@gmail.com

jueves, 9 de junio de 2011

Sumario. Invierno 2011


Sed de afuera.........................................................................................8


El giro esquizoanalítico
Mariano Alberto Repossi...................................................................... 20

Una introducción a la vida no fascista
Michel Foucault....................................................................................32

Corte y confección (Notas sobre el capítulo 4 de El Anti-Edipo: introducción al esquizoanálisis)
Victoria Larrosa...................................................................................... 37

El psicoanálisis, siniestrado (Aportes de El Anti-Edipo para conjurar la forclusión del campo social en el deseo)
Ariel Antar Lerner...................................................................................48

Toda escritura es desde ya coreográfica (A partir del problema de la letra en el pensamiento de Félix Guattari)
Florencio Francisco Noceti.................................................................... 69

El Anti-Edipo y la Transdisciplina: 7 miradas mutuas
Marcelo De Leonardis........................................................................... 77

La servidumbre voluntaria (Tres perspectivas de abordaje a un problema de economía política libidinal)
Mariano Alberto Repossi...................................................................... 85


El Señor de las Polillas
Mariano Nahuel Lanía....................................................................... 122

Olvido y ficción
Andrés Rolando.................................................................................. 129

Un deseo de Haiku
Baltazar Santamaría........................................................................... 139

Transdisciplina
Olecram Ed Sidranoel......................................................................... 144


Hostigamiento, resistencia, inquietud
Colectivo docente de la Cátedra de Problemas Antropológicos en
Psicología (UBA).................................................................................. 150

Tres intervenciones
Tomás Chudnovsky.............................................................................. 153

Política del pensamiento crítico: acontecimiento y otredad
Rocío Feltrez........................................................................................ 159


Villa Amalia, de BENOÎTB JACQUOT
por Victoria Larrosa..........................................................................166

Desde el exilio (La creación artística como testimonio), de FRANCO RELLA
por Rocío Feltrez y Victoria Larrosa.............................................168

La fidelidad del olvido (Notas para el psicoanálisis de la subjetividad militante), de BLAS DE SANTOS
por Mariano Alberto Repossi....................................................... 171

CARTELERA

Actividades.................................................................................... 177
Otras publicaciones......................................................................183

Sed de afuera




Editorial

Sed de afuera



Dedicamos este número a quienes se esfuerzan
por sacar al deseo del callejón de la fantasía individual privada.



I
Un texto es un vampiro sediento de afuera. Ningún texto vale por sí mismo: sólo puede responder a un deseo políticamente, fuera del texto. Juego de fuerzas exteriores entre sí en el que la última fuerza que se apropia del texto –fuerza que lee, interpreta, atraviesa, subyuga, conquista, domina, violenta, dinamita la escritura– es la más exterior, la más esperada y la más provisoria. Porque –tarde o temprano– siempre llegan otras fuerzas, bruscamente, como el rayo. En este sentido, todo texto es aforístico: nada de interioridad. Afuerismo. La interioridad del texto es un invento milenario y académico que busca un efecto político preciso: eternizar la lectura y neutralizar al lector; producir a la vez un texto escindido del afuera y un pensamiento escindido de la vida. Mucho antes de «la muerte del autor» ya se había perpetrado la muerte del lector.

II
La universidad reposa sobre la responsabilidad común de ese crimen colectivo. El malestar en la academia tiene su origen en la reproducción cotidiana de ese crimen. Platón funda la Academia sobre la muerte del padre Sócrates: un acta de defunción deviene acto de fundación. «No entre aquí quien no sepa geometría», podía leerse en la puerta de la Academia. ¿Un conjuro para evitar el retorno de lo reprimido? Tal vez. Lo cierto es que, desde entonces, la academia intenta separar el pensamiento de la vida, la vida del pensamiento, rechazar la insistencia de una unidad compleja, presocrática: los modos de vivir inspiran maneras de pensar, los modos de pensar crean maneras de vivir. Porque los juicios y las valoraciones no son simple formalidad y evaluación, sino modos de existencia de quienes juzgan y valoran, sirviendo precisamente de principios a los valores en relación a los cuales juzgamos. Por eso, como dice Deleuze leyendo a Nietzsche[1], siempre tenemos las creencias, los sentimientos y los pensamientos que nos merecemos en función de nuestro estilo de vida, de nuestros modos de ser, de nuestras maneras de actuar. Dime cómo analizas y te diré cómo vives.

¿No hay todo un empeño institucional en conjurar la radicalidad del descubrimiento del inconsciente y sus inevitables consecuencias subversivas? ¿Toda una persistencia en reproducir cotidianamente el conjuro de la potencia de la producción deseante: en las instituciones, en los pasillos, en las aulas y en las alcobas? Como si en la puerta de la Facultad de Psicología pudiera leerse: «No entre aquí quien no esté edipizado». El problema entonces no es nuevo. Ello funciona en todas partes. Qué error haber dicho «el» ello.

III
No queremos convencer a nadie. Ni siquiera a nosotras. Hablamos de fuerzas. Por eso ejercitamos el método de dramatización. Tres personajes conceptuales saldrán a escena: el técnico del deseo, el militante triste y el estudiante apático. Sería erróneo identificar a los personajes conceptuales con personas nominales. Más que individuos de carne y hueso con nombre y apellido, «técnico del deseo», «militante triste» y «estudiante apático» son líneas de subjetivación, madejas o galletas afectivas, estados de intensidad por los que los individuos de carne y hueso con nombre y apellido pasamos. Sí, pasamos. No nos creemos a salvo del fascismo que nos atraviesa los cuerpos y la vida cotidiana. Si convocamos a los compañeros inquietos, a quienes arden en preguntas, a los que hacen el murmullo de los pasillos, a los pervertidos de siempre que jinetean los flujos, a los conjurados del deseo aunque todavía no existan, es porque invocamos a la inquietud, al fuego, a la pregunta, al murmullo, a la perversión, a la destrucción concertada del orden establecido.

No somos «anti-sistema» o «anti-institución». Todo lo contrario. Queremos instituir nuevas relaciones, nuevos modos de organizar la producción de conocimiento, nuevas maneras de vivir. Queremos un sistema, pero no el que existe. Un sistema abierto a su autoalteración permanente, un sistema tan susceptible al flujo de las demandas colectivas como propicio para la liberación del deseo. Un sistema de la multiplicidad. Celebramos pocas cosas con Marx; entre ellas, las construcciones colectivas que «se critican continuamente a sí mismas, interrumpen sin cesar su propia trayectoria, vuelven sobre lo aparentemente ya realizado para emprenderlo de nuevo»[2]. Quienes hacemos Transversales nos arremolinamos en virtud de ello: interés por realizar un análisis de lo que sucede en el psicoanálisis y la psicología en la actualidad. Poner en debate prácticas de formación y de intervención «psi» cuestionando modos de investigar que producen desconocimiento, modos de analizar que aplastan el deseo, modos de enseñar que apelan al rito religioso y al adoctrinamiento fascinador.

Hemos tomado las materias del Ciclo Profesional de la carrera de Psicología: analizamos la escuela, el hospital, la cárcel, etc. Todos los ámbitos de posible inserción profesional del psicólogo. Pero ¿y la universidad? ¿Para cuándo la reflexión sobre la institución que nos interpela diariamente y en la que nos formamos como profesionales? Preguntamos porque entendemos que sólo en la medida en que elucidemos lo no-sabido institucional quedaremos habilitados para un hacer y un decir diferentes, ampliando nuestros márgenes de libertad. Es siempre más difícil cuestionar y modificar aquello de lo que ni siquiera nos percatamos y que reproducimos sin saber: lo natural, acabado, normal. Toda situación «normal» se funda en un olvido que ella no puede «ver» ni «asumir», porque tal olvido es necesario para la reproducción de la normalidad. No impugnamos que haya un corte o una sutura, porque entendemos que organizar es cortar y suturar. (Todo problema político pasa por cómo cortar o suturar, dónde, cuándo y para lograr cuáles efectos.) Impugnamos que, simultáneamente, se realice un olvido del acto de cortar o de suturar, desvaneciéndolo todo en la indiferencia, como escribe ese analista de las instituciones y miliciano del POUM, George Orwell: Todo se desvanecía en la niebla. El pasado estaba borrado. Se había olvidado el acto mismo de borrar, y la mentira se convirtió en verdad.[3] Cuando olvidamos que olvidamos, sobreviene la normalidad.

IV
Llega nuestro primer personaje conceptual, el técnico del deseo. Este gestor de la carencia toma la palabra y nos enseña que la Cultura nos reprime para que no nos matemos los unos a los otros. Hobbes para principiantes. Que los seres humanos somos, por naturaleza, egoístas y que la Ley impone límites a nuestras pulsiones anti-sociales (matar a papá, coger con mamá o, mucho mejor, con nuestros hermanos menores). Pero esa concepción de lo histórico-social es histórica y social: heredera de la tradición liberal y empirista, declara que la libertad de cada uno termina donde empieza la libertad del otro (cualquiera puede verlo con sus propios ojos). Esto es insostenible, porque, si extremamos el postulado de la «libertad negativa», resulta que cuantos menos «otros» hubiera a nuestro alrededor, más libres seríamos. De manera tal que la libertad absoluta se alcanzaría siendo el único ser humano sobre la faz de la Tierra. Lo cual es absurdo. Esgrimimos la vieja tesis de Bakunin: la libertad individual es consecuencia necesaria del desenvolvimiento colectivo de la humanidad.[4]

Es más, quienes hacemos Transversales tendemos a pensar que ningún individuo es in-dividuo, es decir, in-diviso, sin división, sino que cada uno es también muchos, como explica el autoanálisis de la clínica masmedular de Oliverio Girondo: la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. […] Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con ellas, no me convenzo de que me pertenezcan. […] Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas que se entrechocan y se destruyen mutuamente.[5] O como escribe un célebre paciente de Gustav Jung: La idea equivocada y funesta de que el hombre sea una unidad permanente, le es a usted conocida. También sabe que el hombre consta de una multitud de almas, de muchísimos yoes. Descomponer en estas numerosas figuras la aparente unidad de la persona se tiene por locura, la ciencia ha inventado para ello el nombre de esquizofrenia. La ciencia tiene en esto razón en cuanto es natural que ninguna multiplicidad pueda dominarse sin dirección, sin un cierto orden y agrupamiento. En cambio, no tiene razón en creer que sólo es posible un orden único, férreo y para toda la vida de los muchos sub-yoes.[6]

En efecto, yo es otro. Y no sólo otro «yo». Porque, unido al mito liberal del individuo que se hace a sí mismo (como si naciéramos de un repollo y, encima, hubiésemos aprendido solitos a hablar y a caminar, por decir lo obvio), hay un segundo supuesto a desmontar. Para considerar que la Cultura reprime, hay que asumir un abismo entre el hombre y la naturaleza, tiene que hallarse instalada una discontinuidad entre la industria humana y la producción natural. Esta separación hombre/naturaleza o industria/naturaleza tiene también su tradición reconocida: el contractualismo racionalista (cualquiera puede razonarlo con la cosa mejor repartida del mundo), cuya coincidencia con el surgimiento del modo de producción capitalista siempre nos resultó sospechosa.

Preferimos incorporar otras tradiciones para pensar el inconsciente. Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros.[7] Si la Rayuel-O-Matic de La vuelta al día en ochenta mundos ofrece las condiciones para experimentar una máquina célibe, la patafísica de «Las babas del diablo» permite pensar que el estado vivido es primero con respecto al sujeto que lo vive. Claro que la crítica al antropocentrismo tiene, al menos, dos mil quinientos años, por tomar como antecedente a Jenófanes de Colofón: si los bueyes, caballos y leones tuvieran manos o pudieran dibujar con ellas y realizar obras como los hombres, dibujarían los aspectos de los dioses y harían sus cuerpos: los caballos, semejantes a los caballos; los bueyes, a los bueyes; tal como si tuvieran la figura correspondiente a cada uno.[8] Y si los caballos, bueyes o leones pudieran erigir una institución psicoanalítica, entonces creerían en un inconsciente equino, bovino o felino. No menos crítico de la escisión naturaleza/industria es el payador perseguido Atahualpa Yupanqui:

Y así voy por el mundo, sin edad ni destino
al amparo de un Cosmos que camina conmigo.
Amo la luz y el río y el silencio y la estrella
y florezco en guitarras porque fui la madera.[9]

Clínica telúrica que ensambla una máquina infernal: la mano que tañe un acorde en la guitarra crea, en rigor, una música-industria-bosque-silencio-cosmos. De la naturaleza al arte una línea continua, abstracta. Línea de vida. Phylum maquínico. Deseo.

V
Ah, son posmodernos, liberales, pequeño-burgueses, hippies (se escribe ípie y se pronuncia jipi o gipi). Nuestro segundo personaje conceptual, el militante triste, desenfunda sus etiquetas (impresas en el comité central y diseñadas por el buró político, por supuesto). Él está obsesionado con el poder, como si el poder fuera una cosa. El militante triste es una suerte de Gollum de la política, un paranoico para quien siempre hay un «enemigo» identificable que atacar: sea el funcionario del gobierno nacional de turno, sea el técnico del deseo en posición de burócrata universitario. Nombres propios que nos dejan a salvo de poner en cuestión nuestras propias organizaciones gremiales, estudiantiles y obreras: suspiremos aliviados, compañeros, que el enemigo siempre está afuera, la lucha está en las calles… Pero, ¿y la violencia cotidiana que vivimos en las aulas, pasillos y oficinas administrativas? ¿Qué tipo de adoquines se arrojan contra las relaciones sociales? ¿Hacia dónde hay que marchar si estamos en contra de la producción de subjetividad capitalista? ¿Cómo practicamos el asesinato selectivo de incorporales? ¿Y cómo ajusticiamos un deseo?, ¿alcanzando el Nirvana?

El militante triste nos dice que para cambiar algo hay que hacer política. De acuerdo, en el sentido de que el esfuerzo teórico y práctico por intervenir en los asuntos colectivos es hacer política. Nos dice también que para hacer política hay que incorporarse a un partido. Ahí no estamos de acuerdo. Y es que los partidos son a la política lo que el trabajo asalariado es al trabajo, o lo que Edipo es al deseo: formas contingentes, modos de corte entre otros posibles. La política es necesaria. Los partidos, no.

El partido es una organización determinada, un grupo con ciertas características precisas: disciplina de la acción (todos unidos triunfaremos), dirección necesaria (un pequeño grupo esclarecido nos dirá hacia dónde ir y de qué manera) y programa revolucionario (una científica receta para el tratamiento culinario de las masas). De este modo, la disciplina y la dirección confieren la forma del grupo, mientras que el programa dota de un contenido a ese grupo. Pero ocurre que el contenido, por más revolucionario que parezca a nivel consciente, no conjura la estructura jerárquica, piramidal, de poder descendente, bajo la cual el grupo se organiza. Tampoco conjura la división capitalista entre el trabajo manual y el trabajo intelectual: los militantes «de base» venden la prensa revolucionaria y pegan afiches mientras los dirigentes deciden cuál es la línea de la organización y dan clases magistrales. Esta división del trabajo militante hacia adentro del grupo se reproduce hacia fuera: el partido es la vanguardia consciente y las masas deben seguir a esa vanguardia hasta que se convenzan, religiosamente, de la verdad científica y revolucionaria.

Decimos que el deseo de un grupo se reconoce por lo que hace más que por lo que dice. Esto no significa desatender lo que dice, pero si (el sujeto del enunciado) dice que quiere la emancipación de las relaciones sociales y (el sujeto de la enunciación) recurre al merchandising y al disfraz de promotor para ser identificado por un color (en vez de identificarse por la teoría y la práctica política que produce) o explota a sus propios militantes «de base» haciéndoles pagar el sueldo de los dirigentes, entonces nos permitimos dudar del tipo de revolución que nos promete ese grupo. Por eso, afirmamos el devenir-revolucionario antes que el «deben ir» del Partido. Para quienes hacemos Transversales, la revolución pasa por poder vivir las propias instituciones como mortales, en el poder destruirlas o cambiarlas, convirtiendo así a la pulsión de muerte en una verdadera creatividad institucional.

VI
Advertimos que, en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, «lo comunitario» es materia de la «Psicología social», mientras que «lo individual» es materia de la «Clínica». ¿No hay una forclusión del campo social en el psicoanálisis si suponemos semejante separación? También en quienes pronuncian frases como «me interesa más lo social que la clínica», o «el psicoanálisis es una práctica burguesa», la dimensión social aparece como formación reactiva ante la clínica-individual-privada. Decimos que tanto los clínicos sin crítica que se encierran en el gabinete psicoanalítico como los críticos sin clínica que están «comprometidos con la sociedad» asumen que el psicoanálisis es teoría y práctica de un deseo escindido del campo social. Y este modo fóbico de pensar «lo social», sea a propósito de un caso clínico o del deseo mismo, ¿no hace de la Facultad una fábrica de «Hombre de los lobos» en serie? Vaya paradoja, si así fuera: una institución social que produce y reproduce animales esteparios. Individualismo colectivo. Otro antiguo problema, bella y rotundamente enunciado por Spinoza: Aquella sociedad cuya paz depende de la inercia de los súbditos que se comportan como ganado, porque sólo saben actuar como esclavos, merece más bien el nombre de soledad que de sociedad.[10]

¿Cuáles son las consecuencias de este «descuido» de «lo social»? Una de ellas, seguramente, la lectura descontextualizada de los casos clínicos que termina por transformar en propiedades esenciales del sujeto lo que no son más que fenómenos emergentes de un histórico social particular, siempre transformable. Escuchamos a menudo de boca de los profesores: «es por estructura». ¿Y qué nos quieren decir? Nunca sabemos a ciencia cierta, pero después de muchos rodeos teóricos al menos entendemos que en cuanto a sus consecuencias prácticas eso equivale a decir: «porque es así y hay que trabajar con ello (en el análisis)». Así, con este solo recurso a una estructura significante a-histórica y a-social para dar cuenta de los modos singulares de subjetivación se desconocen las condiciones sociales de su producción y, en ese sentido, no sólo tienden a desactivarse otras formas de práctica transformadora sino que pueden llegar a quedar legitimadas desigualdades sociales de todo tipo.

Y el problema de fondo no cambia con el genio de Lacan. Ya no interesan mamá y papá sino el falo y la castración. Cambiamos de Profeta, de Iglesia y de Dios, pero seguimos siendo religiosos. De hecho, para recibir el título hay que jurar por Dios, por la Patria, o por la Ética (entendida como si fuera sinónimo de «Moral»).

VII
Y, a propósito del deseo de un grupo, las prácticas de transmisión en ciertas cátedras, ¿no promueven la constitución de una estructura libidinal de masa entre los alumnos, con el profesor ubicado a la cabeza en el lugar del Ideal del Yo: un modelo que, por superlativo, resulta necesariamente inalcanzable, de manera que ese modelo arquetípico es siempre germen de culpabilidad, de un sentimiento de falta, por parte de los alumnos que jamás serán tan cabales, completos y perfectos como el ideal? Freud señala que la relación de la masa con el líder es muy semejante a la relación del individuo con el hipnotizador.[11]  Más allá de la diferencia de número, se da la misma anulación de la capacidad crítica, el mismo acatamiento; quien ocupa el lugar del ideal del yo tiene el mismo poder de definir qué es real y qué no.

Ha llegado nuestro tercer personaje conceptual. El estudiante apático. Estaba aquí desde hace varios párrafos, pero no lo habíamos advertido. ¿Devenir imperceptible del estudiante apático? No: pura conservación de lo que hay. Muchas veces somos los propios estudiantes quienes, ante la propuesta de ciertas cátedras de un dispositivo de construcción de conocimientos diferente al usual, más colectivo y más horizontal, protestamos y reclamamos la clase expositiva, con el profesor al frente del curso haciendo punteos del texto que ahorren el trabajo de resumir o pensar por nuestra cuenta, porque se vienen los parciales y no hay tiempo para nada. Siempre es mejor saber de cada texto qué es lo que considera importante el profesor, porque en definitiva es él quien va a evaluar el parcial (parciales que apuntan a medir la capacidad de memoria y repetición de clisés). Además, tampoco estamos a salvo de querer encontrar en el aula las fórmulas básicas para empezar a clasificar personas, instituciones, en vez de construir un pensamiento crítico que nos permita replantearnos qué rol vamos a cumplir (o se cumple) como psicólogos en la sociedad. Y entonces, esgrimiendo diferentes argumentos, a veces somos nosotros quienes terminamos prefiriendo ocupar la posición del alumno: heterónomo, pasivo, sin conocimientos. Nosotros colaborando en la producción y reproducción de unos modos particulares de relacionarnos con el saber. Como diría Reich, los estudiantes no somos engañados, queremos clases magistrales.

Pero ojo… Quienes hacemos Transversales entendemos que «estudiante» es una categoría política a resignificar socialmente. Estudiante es el que estudia, no el que pertenece al claustro de alumnos. De hecho, hay miembros de los otros claustros (graduados y profesores) que estudian (dicen que no existen, pero que los hay, los hay). Asimismo, hay miembros del claustro de alumnos que no estudian. Estudiante con cursiva es una categoría que atraviesa transversalmente los claustros y el resto de la sociedad: si estudiante es el que estudia, cualquier vecino que estudia es estudiante. Es más: afirmamos que estudiante es el que produce conocimiento, no sólo el que consume lo que le dan; y es también quien se pregunta por eso que produce, por el sentido (para su propia vida y para la vida de los demás) de eso que produce. Estudiante es un productor de conocimiento que se interroga por el sentido de lo que produce. Entonces no basta con ser estudiante: hay que devenir-estudiante.

VIII
Así, esta revista es realizada por estudiantes como una respuesta posible a cierto malestar en torno a la producción, la circulación y el consumo de conocimiento. Nos interesa conectar y potenciar acciones teóricas y prácticas compatibles con un horizonte común de autoorganización de la producción social y de autonomía de la vida colectiva e individual. En este sentido, Transversales organiza su labor sobre la base de tres principios: horizontalidad en la toma de decisiones, autonomía de los grupos que realizan las tareas y anticapitalismo como rechazo a la mercantilización de la vida y a la propiedad privada de los medios de producción.

Nuestros objetivos específicos son, por ahora, tres: (i) producir teoría con (y/o a partir de) experiencias concretas de intervención en el campo de la salud mental; (ii) conectar disciplinas científicas, espacios de activación e institucionales heterogéneos (hospital, universidad, barrio, escuela…); (iii) difundir líneas de investigación que potencien nuestras perspectivas y que no integren habitualmente la formación «psi». El propósito de estos objetivos es, también, hacer de Transversales un mapa en el sentido de experimentación que actúa sobre lo real.

La revista tendrá algunas secciones constantes y otras variables. Entre las primeras estarán:

-          Una nota editorial, en la que tomaremos posición acerca de cuestiones estructurales y/o coyunturales relativas a la política, el deseo y la producción de subjetividad.
-          Una «Suite» compuesta por una serie de textos o «movimientos» dedicados a un tema, obra, problema o autor específico que hayamos decidido abordar.
-          Una sección de «Perversos Polimorfos» compuesta por textos variados anárquicamente organizados.
-          Una sección de «Reseñas» que no se limitará a los libros ni apuntará exclusivamente a la novedad, pues nos interesa más que nada socializar qué nos da que pensar una obra teórica, literaria, cinematográfica o musical.
-          Una «Cartelera» con varias actividades, tales como grupos de estudio, talleres, experiencias curriculares alternativas, publicaciones autogestionadas, etc.

Las secciones variables se verán en cada caso. En el presente número contamos con una sección dedicada al conflicto en torno a la cátedra de Problemas antropológicos en psicología.

Esperamos poder generar las instancias públicas y abiertas donde poner a consideración colectiva el contenido de cada número de Transversales, pues nos interesa invitar a pasar de la clínica de la pregunta a la pregunta por la clínica. Nada de optimismo. Nada de pesimismo. Intentamos una crítica teórica y práctica dirigida al corazón de la sociedad existente. Las instituciones son sociales. Su transformación también. Incertidumbre. No tenemos la posta. Tampoco creemos que alguien la tenga. Pero apostamos a que las respuestas sean colectivamente deliberadas, decididas y llevadas a cabo. Nada de representación. Autoanálisis institucional. Trastornamos la posta con una apuesta. Y no hacemos por otros, sino por nosotros.

Y al nosotros hay que hacerlo.


[1] Nietzsche y la filosofía (1962).
[2] El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (1852).
[3] 1984 (1949).
[4] Dios y el Estado (1871).
[5] Espantapájaros (1932).
[6] El lobo estepario (1927).
[7] Las armas secretas (1959).
[8] Fragmentos (s. vi a.C.).
[9] El canto del viento (1971).
[10] Tratado político (1676).
[11] Psicología de las masas y análisis del Yo (1921).